Las raíces de la “Ruta de Occidente”

 

SÍNTESIS DE LA PRIMERA REDACCIÓN DEL PROYECTO de una Ruta turística cuya misión fuera la de unir las provincias que han desempeñado un papel más importante en el nacimiento de Iberia. Concebido por J.M. Ribero-Meneses en 1983 –año en que quedó inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual (D.L. VA-205-1983)- es anterior en alrededor de quince años al Camino de la Lengua promovido por La Rioja:

 

No nos cansamos nunca de ponderar las singularidades que ofrece nuestro país, tanto en el plano artístico –como segundo país del mundo por la magnitud y dimensión de su Patrimonio Histórico-Artístico- como en el plano paisajístico –también como segundo país más montañoso de Europa, tras Suiza-, como en orden a la diversidad de sus paisajes y climas –aspecto este en el que ningún país del mundo, de superficie similar a la nuestra, nos aventaja-, como en lo que se refiere a riqueza folklórica o gastronómica.

 

Pero lo cierto es que a pesar de todo ese inapreciable potencial turístico, España sigue siendo una desconocida para cuantos, año tras año, recalan en nuestro país, distribuyéndose –a tenor de sus preferencias y medios- a lo largo de algunas de nuestras costas –la catalana, la levantina o la andaluza- o de nuestras islas (las Baleares y las Canarias).

 

Suiza y Austria, dos países carentes de litoral marítimo y con un clima no precisamente envidiable, reciben sin embargo importantísimos contingentes turísticos, principalmente de ese turismo que ha dado en llamarse “culto” y del que, por desgracia, tan escasos representantes suelen dejarse caer por nuestro país.

 

Para un turista extranjero –o incluso nacional-, la España histórica, monumental y folklórica que no se asoma al litoral marítimo, comienza y termina en Toledo, en El Escorial, en el Museo del Prado, en Sevilla y en la Catedral de Burgos o en el Acueducto de Segovia... Eso y poco más. Y de poco o nada han servido los intentos de los promotores turísticos por poner sobre la mesa de la oferta turística, las más diversas rutas: de la Plata, de los Conquistadores, del Quijote, del Románico, del Mudéjar...

 

Por no conseguirse, ni el propio “Camino de Santiago”, con tantos siglos a sus espaldas, logra atraer contingentes apreciables de turismo extranjero. A Santiago de Compostela viajan los Españoles, particularmente los “Años Jacobeos”, ignorando la mayoría de ellos la “Calzada” del Santo, a la que sólo se mantienen fieles un puñado de espíritus románticos y de acérrimos devotos del “Apóstol”, así como de turistas franceses y catalanes enamorados del Arte Románico.

 

¿Cuál es la clave, si es que existe, para lograr que España sea algo más que Torremolinos, Lloret de Mar, la Catedral de Toledo o el Museo del Prado? Mucho me temo que la clave no sea otra que el hecho de que no hemos dado aún con el secreto que permita “vender” esa otra España ignota del interior de la Península, que no se vende sola por su sol, su clima cálido y sus playas y que necesita ser servida casi en bandeja para conseguir que los turistas decidan acercarse a ella. Porque de lo que no cabe la menor duda es de que una vez conocida la España “inédita” del interior, quienes nos visitan mostrarán un interés creciente por ella, perfectamente compatible con la atracción por el Sol y por las playas. Siempre, claro está, que la España del interior no dé en degenerar como hace ya muchos años lo hiciera la del litoral, perdiendo su encanto, su pureza y autenticidad, su “exotismo”... y hasta la hospitalidad de sus gentes. Lo que hace que al turista que visita nuestras costas, le resulte indiferente estar en Tarragona, en Alicante o en Málaga: come los mismos platos, se alberga en los mismos funcionales e impersonales edificios y se impregna del mismo “folklore”: aquel de índole universal que se cuece en “boites” y discotecas.

 

En lo que a la explotación de nuestros valores se refiere, los Españoles hemos estado siempre tan sobrados de modestia como faltos de imaginación. Si los Escoceses explotan, para atraer turistas, el cuento mitológico del monstruo del lago Ness y los Franceses el del Castillo del Conde de Montecristi, ¿por qué no hemos de explotar nosotros, con mucho mayor fundamento, la nombradía universal de personajes como el literario “Don Quijote” o como Rodrigo Díaz de Vivar, alias “El Cid”, a caballo entre la historia y la leyenda?

 

El establecimiento de nuevas rutas y destinos turísticos no es, en modo alguno, la panacea para conseguir atraer visitantes a determinadas zonas, por mucho que se les ofrezca a éstos una sucesión interesante de monumentos y de paisajes, convenientemente “publicitados” a través de los paneles viarios correspondientes. Es preciso ofrecer algo más y, si de una Ruta se trata, es fundamental dotarla de contenido, darle un carácter específico, un sello que la distinga, una imprenta singular y sugerente que incite a discurrir por ella y que despierte el interés y la curiosidad de los viajeros. Y todo esto, insisto, no se logra simplemente con bellos monumentos y paisajes. Hay que buscar el deleite del viajero, ya desde la propia configuración de las calzadas por las que discurre, hasta la concepción, cuidadísima, del entorno de las mismas, pasando por la necesidad ineludible de sumar alicientes que le permitan llegar a sintonizar con el carácter de las tierras y de las gentes que está visitando. Dicho con otras palabras, hay que lograr que los atractivos históricos y paisajísticos estén acompañados de otros de carácter recreativo, gastronómico, deportivo o cultural.

 

En una palabra, para que una Ruta consiga cautivar a quienes por ella discurren, es preciso que además de cultivar y deleitar, divierta. Y esto es algo que en España no se ha conseguido, porque no se ha ensayado siquiera.

 

Sin originalidad, sin ideas nuevas, resulta imposible crear nuevas corrientes turísticas que fluyan por territorios inéditos. Por mucho que se gasten cifras ingentes en potenciarlas en el interior o en tratar de venderlas fuera de nuestro país, abriendo nuevos mercados que sustituyan a los tradicionales, con síntomas claros de agotamiento. Como no les basta, tampoco, con mejorar las condiciones de nuestra infraestructura turística, tendiendo a incrementar sus índices de calidad. Todas estas medidas y muchas más están siendo tomadas por un montón de países que no quieren renunciar a la posibilidad de figurar en las primeras posiciones del reparto anual de la “tarta” de los beneficios producidos por el turismo mundial. Más aún, nuevos países –como es el caso de Francia-, se aprestan a dar la batalla en este terreno, pensando no sólo en atraer turismo foráneo –cosa sencilla en el caso de Francia, dado el talento que siempre han demostrado los Franceses para vender su país más allá de sus fronteras- sino, sobre todo, en evitar la sangría de divisas que para su economía supone el hecho de que un importante porcentaje de su población disfrute de sus vacaciones en el extranjero.

 

En suma, que si se reducen los contingentes turísticos que España recibe de los países eurooccidentales,  no nos queda otra alternativa que crear proyectos nuevos que nos permitan seguir en vanguardia en el mercado turístico mundial, ofreciendo nuevos alicientes que puedan resultar igualmente atractivos tanto para quienes muestran un cierto cansancio en su inclinación turística hacia nuestro país, como para quienes, por no conocernos, están esperando que se les brinde el pretexto para poder hacerlo.

 

Es en este contexto que ha quedado descrito en los párrafos precedentes en el que debe situarse el proyecto presente, proyecto absolutamente singular cuya dimensión turística, artística, histórica, ecológica, social, cultural... e internacional, lo convierten en el más importante de cuantos se han acometido hasta hoy en nuestro país, en materia turística. Así como en el más beneficioso, en todos los sentidos, ya que mientras la conversión de nuestras costas en una cadena de edificaciones mastodónticas, aun habiendo resultado rentable, ha creado un sinfín de problemas añadidos, en una propuesta como la presente no puede señalarse ni un solo aspecto que resulte positivo y beneficioso para la sociedad, la economía, el paisaje o el medio ambiente de las provincias, por las que la nueva Ruta que aquí se describe, discurre. Ruta que es, en rigor, la primera creada en España de índole histórica, artística, turística, cultur5al, recreativa, paisajística y ecológica.