Los estadios del
alma
- Libros I
al X -
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2005 |
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Introducción:
O. Dedicatoria
PARNASO DEL SONETO
I. ¿Por qué poesía?
II. No existe Poesía sin belleza
III. Poetas y sonetistas
IV.
La protagonista de la historia...
V. Sonetos de ámbar..., sonetos
de amparo
VI. Los Cien sonetos de amor de Neruda
VII. Los 66 sonetos de Lope de Vega a Camila
Lucinda
VIII. La sencillez es la esencia de la Poesía
IX. Las primitivas Reinas
X. En conclusión...
Libro
1. Cien sonetos de ámbar...,
Libro
2. Cien sonetos al alba...,
Libro
3. Cien sonetos de amparo...,
Libro
4. Cien sonetos del alma...,
Libro
5. Cien sonetos de amor...,
Libro 6. Cien
sonetos de mar...,
Libro 7. Cien
sonetos de umbría...,
Libro 8. Cien
sonetos de amberno...,
Libro 9. Cien
sonetos de embrujo...,
Libro 10. Cien sonetos en el umbral.
Los
diez libros que configuran esta obra,
Los
estadios del alma,
están
todos ellos dedicados a su alma e
inspiradora,
María
Amparo Martín Abella,
destinataria
de los Mil Sonetos que la integran
y Musa más loada de la Historia de la
Poesía
****
Venturosamente, todavía existen personas tan
profundamente
bellas como tú... y hombres, como yo, capaces de
encerrar
en palabras toda esa inmensa belleza.
El hecho de tener que vivir nuestro amor
distanciados, que no distantes, me obliga a decirte por escrito lo que, si
estuviéramos cercanos, te diría con mis palabras y mis actos. Obrar así es
infinitamente más ingrato y más sacrificado, pero en cambio, los frutos de
nuestro amor -estos Sonetos- no se marchitarán como los actos amorosos por los
que ambos tanto suspiramos. Porque esos lances
pasan, pero estos versos quedan. Y quedarán para siempre, para deleite de tu
corazón cautivo y enamorado y también, de todas aquellas personas sensibles que
al leerlos y sentirlos, los hagan suyos.
Nuestro dolor, en suma, será caudalosa fuente de
amor para los demás.
****
Todos los seres humanos tenemos en nuestra
idiosincrasia valores y potencias positivos y negativos. El ideal y la clave
para alcanzar la madurez y la plenitud, se encuentra en volcar todas las
energías que se poseen en un objetivo o empeño noble, constructivo, altruista y
bello. En un objetivo ajeno a nuestros propios intereses y a nuestro egoísmo.
Cuando así se hace, cuando así se actúa, es cuando el ser humano alcanza las
más altas cotas de perfección, superando
sus miserias y legando a sus semejantes una obra o una labor encomiables y provechosas
para el conjunto de la sociedad, que trascienden en el tiempo y logran dejar
una impronta imborrable, contribuyendo, sin esperar pago o recompensa alguna, a
que
La
misión biológica y social del hombre
-tanto
en la maternidad, como en el logro del placer
sexual, como en la conquista del progreso material,
en la evolución de la Ciencia, del Arte y del
Pensamiento
y en
los demás órdenes de la vida- ha sido siempre la de ofrecer su concurso a la
mujer, ayudándola a dar los pasos que ella,
por sus condicionantes y por su naturaleza, no puede. Todo esto honra al
hombre, al mismo tiempo que resulta bueno, enriquecedor y provechoso para
-Presentación-
Pollesía es el verdadero nombre de la Poesía, inédito hasta hoy. Aunque el
hecho de que se atribuyera su invención al dios Apollos, permite deducir
que fue Apollesía el genuino nombre de esta bellísima arte a la que,
sin la menor vacilación alguna, sitúo junto a la Música en la cima misma
de todas las Artes.
Si nos fuésemos algo más hacia atrás en la
historia del nombre de la Poesía o Apollesía,
nos encontraríamos con que el dios Apollos era una simple réplica
patriarcal de
Esta diosa Apallazía, epónima de la Poesía,
es la misma a la que también se conociera como Apallanzia o Pallanzia.
Léase, la diosa hiperbórea que diera nombre a
Sí, el hecho de saber que la Poesía debía su nombre a
De donde palique..., palabra...,
pelar la hebra o paladar, por el papel crucial que éste desempeña en la
articulación y gestación de los sonidos que configuran las palabras...
Huelgan
los comentarios.
II. No existe Poesía sin belleza inicio
Los estadios del alma tienen como protagonista a
La razón que me mueve a difundir una obra
consagrada a
La mayoría de los críticos dirán de mis sonetos que están escritos al modo de la
poesía barroca. Lo que es cierto..., a la vez que falso. Cierto porque procuro
escribir con belleza como lo hacían
ellos. Y falso porque existen sensibles diferencias de fondo y hasta de forma
entre mi poesía y la cultivada en los siglos precedentes. Tanto por las
innovaciones que he introducido como por la sencillez y la fluidez que tan
características son en mi lenguaje poético y que tan insólitas resultan en la
obra de la inmensa mayoría de los poetas antiguos. Al margen de que yo no
escribo al modo de nada sino de la
única forma como siento y concibo la Belleza y, en este caso específico,
esa hermosísima y sin par composición poética a la que conocemos con el nombre
de SONETO. Al margen de que mal
podría ser yo un mero calco de los
poetas barrocos, cuando de seguir a este paso, voy a escribir más sonetos que
todos ellos juntos...
Soy de la opinión de que el objetivo de
todos los creadores poéticos debería ser exactamente éste: transmitir ideas sencillas u hondas, pero
siempre bellas, a través de un lenguaje claro, armonioso y musical.
Como en el caso de la Música -de la que algo
sé también- en realidad no existen formas, estilos o visiones distintas de la Poesía, sino dos únicos tipos o
modalidades: la buena poesía y la subpoesía o pseudo poesía. Y ocioso es decir que la mayor parte de la poesía -como de la Música- que hoy se
escribe, pertenece a esta última categoría.
La Poesía
que no es capaz de crear y de transmitir Belleza,
es todo menos tal. Porque ésta fue la razón que indujo a nuestros antepasados a
inventar la Poesía y a recrearse en ella y si hoy queremos cultivar algo cuya
motivación es radicalmente distinta y hasta opuesta a la que alentase en los
primeros poetas, estaremos en nuestro
derecho de hacerlo, pero siempre sin utilizar ese sagrado nombre que nos ha legado la historia de la Cultura y que
debemos reservar para aquellas creaciones literarias cuyo principal empeño sea
exacta y precisamente ése: producir
Belleza. Acuñen, pues, un nuevo término los cultivadores de la pseudo poesía y no ensucien una de las
pocas cosas que la Humanidad no ha conseguido envilecer, hasta hoy, a lo largo
de su dilatadísima historia.
Mi objetivo al escribir poesía, no sólo es
crear Belleza sino, también, componer música. Sí, porque tengo por principal singularidad y mérito
de mi obra poética, el hecho de que en ella la Poesía se hace Música, en la
misma medida en que ésta se hace Poesía. Con lo que la Música, omnipresente
en mi vida ya desde el momento en que fui alumbrado por una mujer dotada de un
extraordinario talento musical, se ha hecho presente en mi obra a través de los
versos que aparecen reproducidos en las hojas en papel pautado de mi obra
sonetística. Obra que algo le
debe también a los inconmensurables Conciertos para piano y orquesta de W. A. Mozart que me han acompañado y
apasionado a lo largo de toda mi vida, ya desde mis lejanos 24 años, cuando los
descubriera en Bruselas durante mis años de permanencia en esta ciudad como
profesor de su Universidad.
La musicalidad
es la esencia misma del Soneto, ante
la cual deben plegarse y subordinarse todos los demás elementos y componentes
que intervienen en él. Porque, no en balde, música fueron en su origen todos los sonetos, compuestos primero para ser cantados y bailados, más tarde
sólo cantados y, a la postre, sólo recitados, como sucede en el presente. Pero
el hecho de que hoy se desconozca su origen, no le exime al poeta del deber
inexcusable de preservar y cultivar la verdadera naturaleza del Soneto, procurando dotarle de la melodía que le era consustancial y
respetando también la intención con la que esta acabadísima estrofa fuera
creada: el enaltecimiento de la Belleza.
Santander, primero, y Majadahonda más tarde, en los aledaños de Madrid, vieron nacer este
poemario, que más tarde crecería en La
Granja de San Ildefonso para acabar madurando definitivamente en Santander. El mar lo acunó en su
primera etapa cántabra... y los conciertos de Mozart en la segunda, mesetaria y
castellana. Con lo que han ido a fundirse en estas páginas, los cinco elementos
que han desempeñado un papel más importante en la historia del género humano y,
de forma acentuadísima, en mi propia vida: la
mujer, la música, la palabra, la belleza y la mar.
Significativamente, todas femeninas.
III. Poetas y Sonetistas inicio
Sin ánimo de jactarme de nada y con el
propósito legítimo de ilustrar a mis lectores sobre las características y singularidad
de la obra poética que emprendí hace exactamente cuatro años, en el Otoño del
año 2001,
voy a enumerar algunas de las razones que les confieren un valor especial a los
sonetos que vengo componiendo
asiduamente y que ojalá consigan transmitir a quienes se acerquen a ellos, por
lo menos una mínima parte del caudal de sentimiento que yo pongo en ellos al
escribirlos.
Las cosas sólo pueden valorarse cuando se
conoce el contexto en el que se producen y si no soy yo mismo quien aporta los
datos que me dispongo a reproducir, mis lectores carecerían de elementos de
juicio para calibrar la importancia que tiene el hecho de que en el lapso de
mis primeros seis meses de creación sonetística, salieran de mi pluma 600
sonetos. Y ello, por supuesto, sin que yo haya consagrado nunca mi
jornada de trabajo a este menester, ya que la mayoría de esas composiciones se
han labrado durante mis caminatas diarias entre 7,45 y 9,15 de
Efectivamente, mi trabajo de investigación histórica
y filológica me acapara todas las horas del día y algunas de la noche, quedando
reducido a los momentos señalados el tiempo de que dispongo para permitirme el
lujo de escribir poesía. Lujo, digo
bien, porque -y lo escribiré en negritas- siempre
he tenido por algo inmoral que un intelectual dedique su vida exclusivamente a
la Poesía, en vez de consagrar su talento a beneficiar a la sociedad en otros
ámbitos mucho más necesarios, como es el caso, sobre todo, de la difusión de la
Cultura y del Conocimiento. Por eso confieso sentir escaso respeto por
aquellos que sólo han sido poetas y
que nada le han legado a la sociedad aparte de un puñado de libros de poemas.
Cierto que al menos le han dado esto y que otros nada le ofrecen, pero quienes
nada dan es porque la Naturaleza no les ha distinguido con la capacidad
necesaria para hacerlo y quienes pudiendo hacer y dar mucho, sólo le obsequian
con un puñado de poemas, tengo para mí que o han sido tremendamente
mezquinos..., o terriblemente vagos. En la inmensa mayoría de los casos, me
inclino a pensar que lo segundo. Porque es muy agradable eso de hacerse un
nombre como poeta y vivir toda la vida sin pegar golpe, haciendo creer a los
demás que eso de la Poesía es algo extraordinariamente laborioso. Ya ven ustedes lo
laborioso que es: en catorce meses escribí más poemas que la mayoría de los
poetas en toda su vida, por supuesto de mayor calidad y, encima, en la estrofa
más difícil que existe, evitada como si del demonio se tratase por casi todos y
cultivada sólo por los más grandes Poetas que ha conocido la Historia de
Pero hablemos ya del Soneto y de sus contadísimos cultivadores... dignos de tal nombre.
Por definición, el Soneto es una
balada o canción de contenido amoroso
y origen desconocido aunque presumiblemente muy antiguo. Sabemos que formaban
parte del repertorio de los trovadores. Sin duda, la mejor parte, pues la
personalidad y solera del Soneto son
tales, que puede decirse que configura un auténtico género literario con identidad propia, perfectamente definida.
En mi opinión, el Soneto fue modelándose a lo largo de un dilatado proceso de
maduración y de perfeccionamiento, que posiblemente se ha desarrollado a lo
largo no ya de siglos sino de milenios y a partir de una estrofa inicial que no
debió diferir mucho de lo que hoy conocemos como coplillas y cuya función
-como sigue siéndolo la de éstas- no era otra que la de rendir tributo y
homenaje a las Diosas de la Antigüedad, así como a sus encarnaciones humanas
femeninas: las mujeres adoradas por los poetas de todos los tiempos.
Poco prodigado debido a su enorme
dificultad, Boileau dijo del Soneto que... Lo inventó Apolo para tormento de los poetas. Y tormento ha tenido que ser, en efecto,
cuando nadie ha conseguido superar el techo
alcanzado por Petrarca, rey incontestable de esta estrofa poética con sus 317 sonetos dedicados, en buena parte,
a su amada Laura... Shakespeare,
muy a la zaga, nos ha legado 154. Los
dedicó a todas las mujeres, parece que numerosas, a las que amó.
Entre los poetas más próximos a nosotros, se
distinguieron como sonetistas, Victor Hugo, Baudelaire, Verlaine,
Jacinto Verdaguer... o Luis Carlos
Viada y Lluch, gran sonetista que escribió no pocas estrofas con el fin de
ironizar sobre los errores del Diccionario de
En cuanto a los clásicos y entre los españoles, destacaron en el cultivo del Soneto algunos de los nombres más
ilustres de nuestra Literatura: Lope de
Vega (que escribió más de 200, de los que 117 son amorosos), Gutierre de Cetina (que parece
haberle superado, con 247), Góngora (con otras dos
centenas) y... Argensola, Cervantes, Quevedo, Garcilasso de la
Vega, Arquijo, Villamediana... O Camoens, al que incluyo también en la cumbre del Parnaso ibérico. Nombres todos ellos,
éstos y los anteriores, a los que rindo mi más fervoroso y apasionado homenaje
de devoción y de admiración.
Más allá del hecho de que haya escrito hasta
este momento mil trescientos sonetos más
que el poeta que más sonetos había escrito en la Historia de la Literatura, el
interés de mi colección de, hasta esta fecha, 1620 sonetos + una cifra similar correspondiente a mis obras teatrales,
estriba en que la obra sonetística de todos mis predecesores, excepto en el
caso de Petrarca, se desarrolló de manera inconexa, como una obra
deslabazada carente de vínculos y de un destino común. Lo que no les resta
valor alguno a cada uno de esos sonetos, pero sí al conjunto de la obra, al perder
su condición de todo unitario y
homogéneo. Como la que pueda tener una obra teatral, una novela, un ensayo
o cualquier otra manifestación literaria.
Un libro de poemas en el que cada uno de
éstos baila solo y campa por sus
respetos, sin que exista una armonía general que los inspire y oriente y que
les otorgue el carácter de obra propiamente dicha, podrá tener todo
el valor que se quiera en cada una de sus partes, pero no como obra en sí misma. Que, a mi juicio,
debe ser el objetivo por excelencia hacia el que debe tender todo creador. No
crear sueltos o creaciones
deslabazadas, por brillantes que sean, sino componer (insisto en el término) obras sólidas y bien ensambladas que
son, a la postre, las que llegan a adquirir la condición de obras maestras u obras de arte, consiguiendo conmover y enriquecer a quienes se
acercan a ellas y, al propio tiempo y en
la misma medida, enriquecerles y sublimarles. Amén de que la composición de obras sueltas, por brillantes que sean,
entraña una dificultad y una complejidad infinitamente
menores. Son, pues, estas características las que le otorgan a mi colección
de sonetos un carácter único en la Historia
de la Poesía, al estar formada por una sucesión de composiciones que
aparecen nítidamente encadenadas,
hasta el punto de configurar un todo
armónico, coherente y equilibrado. De tal modo que el conjunto de los, hasta
aquí, diez y seis libros de una
centena de sonetos cada uno, construye
una auténtica historia, dotada de un argumento y de unos protagonistas
perfectamente definidos, relatando unos hechos absolutamente fidedignos y
ciertos y girando esos avatares en torno a unos escenarios claramente
localizados y bien conocidos.
Los estadios del alma viene a ser, en suma, una suerte de obra dramática o de relato que cuenta una historia y que,
para ello, recurre a la estrofa reina
de la Poesía: al SONETO. Contribuye a reforzar esa índole narrativa el hecho de todos y cada uno de los sonetos aparezcan acompañados
de una breve reseña que da fe del día, de la hora y del lugar en los que fueron
compuestos, pudiendo verificarse este hecho tanto entre las personas que han
sido testigos o partícipes de la composición de los sonetos, como en los
propios cuadernos -de hoja ni movibles ni intercambiables- en los que aparecen
plasmados los originales manuscritos.
Por otra parte, considero digno de
subrayarse el hecho de que pesar de ser tan crecido el número de sonetos que he
compuesto, sean muy escasos aquellos en los que se repite la misma combinación
de rimas. No en vano he puesto todo mi empeño en diversificar esas
combinaciones hasta lo indecible, aun a costa de tener que afrontar
composiciones extraordinariamente arduas, en razón a la minúscula gama de términos
a los que podía recurrir. E incluso en muchos casos, esos sonetos pergeñados
con rimas complejas, desarrollaban a su vez ideas complejas cuya construcción
requiere, por razones obvias, de un vocabulario lo más extenso posible. Porque
la belleza y riqueza de un soneto no radica sólo en que exprese una idea bella
de la manera más sencilla y fluida posible, sino también en que, utilizando un
lenguaje sencillo y perfectamente asequible, no apele a las combinaciones de
rimas facilonas y manidas en las que la gran cantidad de vocablos a los que
resulta posible recurrir, simplifica enormemente su composición, al tiempo que
Posiblemente porque rara vez coinciden en
una misma persona la condición de poeta y de crítico literario, no se han
valorado lo suficiente aspectos como éstos a los que me vengo refiriendo,
pasándose por alto ciertas tentaciones
en las que ciertos poetas caen con facilidad, ya sea por evitar las composiciones
con rimas complejas (que son justamente aquellas en las que más brilla el
ingenio y en las que más elevadas cotas de belleza formal y estética pueden
alcanzarse), ya por recurrir a fórmulas manidas y tópicas, ya por dar generosa
cabida en sus poemas a nombres de personas o de lugares cuya única función es
la de proporcionar al poeta la terminación que necesita para poder rematar un
verso de rima ardua. La misma finalidad con la que acostumbran a forzarse toda
suerte de comparaciones y de metáforas, geniales a veces, forzadas y burdas
casi siempre, cuyo único objeto es el de prestarle al poeta la desinencia que
requiere para completar un verso. Léase, "ágil
cual corcel", "dulce cual la miel", "como el tierno pajarillo"...
IV. La protagonista
de la historia... inicio
Todo comenzó con un soneto, compuesto dentro
de una colección de poemas que, a partir de los primeros días del mes de
Octubre del año 2001, decidí escribir como homenaje de amor a aquella que anhelaba
llegase a ser mi mujer: la santanderina -mezcla de gallega, castellana y
cántabra- María Amparo M. Abella. Y
aquel soneto, para sorpresa y satisfacción de su autor -que muchos centenares
de poemas y algunos sonetos también había escrito con anterioridad- fue acogido
por su destinataria con tal explosión de entusiasmo y complacencia, que el tan
bien gratificado escritor decidió reincidir
en el empeño y dedicarle a su amada algunos sonetos más. Todo esto sucedía en
Santander un día 8 de Noviembre y cinco
días más tarde, en la madrugada del día 13 y entre las 6 y las 9 de la mañana,
fui víctima de una suerte de ataque de
sonetismo agudo que se saldó con la composición de tres sonetos más, a los
que seguiría un cuarto en la noche de esa misma jornada. Y así empezaron a caer sonetos en los días que siguieron,
compuestos todos ellos en las horas iniciales del día con el fin de que no
estorbaran la redacción del libro que entonces estaba concluyendo -La
Memoria recobrada- y del que acometí inmediatamente después de haber
ultimado éste. Hasta que un buen día y ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, decidí imponerme el
reto de escribir un centenar de sonetos dedicados a aquella que ya por entonces
se había convertido en mi mujer, a pesar de que la distancia que media entre
Madrid y Santander seguía interponiéndose entre nosotros.
Al igual que los hombres de antaño
rastreaban las flores más hermosas y escasas para ofrecérselas a las mujeres que
amaban y cuyos favores pretendían... o que los hombres de hogaño procuran
deslumbrar a sus enamoradas con costosísimas joyas, viajes disfrutados con lujo
oriental o presentes caracterizados siempre por su elevado precio, el mejor
obsequio que un poeta puede brindar a la mujer de sus sueños es un libro de
poemas. En la medida, naturalmente, en que esa mujer sea capaz de valorar esa
ofrenda preciosa. Tanto más valiosa, por supuesto, cuanto mayor sea la calidad,
singularidad y cantidad de los poemas que esa colección reúna. Porque todos
aquellos presentes que un hombre pueda ofrecer y que pueden obtenerse con
dinero, tienen un valor más que relativo, en tanto en cuanto esos dones se
hallan al alcance de cualquiera que posea los medios necesarios para adquirirlos.
Sin embargo, la singularidad y hasta la excepcionalidad de un libro de poemas
lo convierte en el obsequio por antonomasia. Porque es personal e intransferible, porque ha sido creado ex-profeso para la
mujer a la que va dirigido y porque, encima, ella es su protagonista absoluta.
Hasta el punto de que sin su colaboración,
sin el caudal de inspiración y de materia
poética que ella aporta al poeta por el mero hecho de existir y de amarle
(o, por lo menos, de tolerar su
amor), la obra concebida por éste resultaría del todo punto inviable.
De cuanto antecede se deduce hasta qué punto
es enorme la deuda que tengo contraída con la mujer que supo abrir en mí la válvula de mi pasión, precintada hasta
entonces. Porque sin su sensibilidad para recibir y valorar mi obra y sin la
admiración que en mí produjeron su belleza interior y exterior, esta obra jamás
habría llegado a componerse. Y buena prueba de ello el hecho de que se cuenten
por centenares los poemas que he escrito a lo largo de mi vida, siendo todos ellos
de una talla, de una estatura incomparablemente inferior a la de los que aquí
aparecen reunidos. No debe, pues, valorarse como mera fórmula de cortesía o de
galantería mi afirmación de que este libro no habría llegado jamás a ver la
luz, si la mujer que lo ha inspirado no hubiera existido... o no hubiera hecho
acto de presencia en mi vida, paseando junto al mar a la hora del crepúsculo,
en el verano del año 2000. Porque en pocas ocasiones será más cierto aquello de
que los poemas los escriben, a partes iguales, los poetas y las mujeres a las
que aman. De donde el que la categoría de un poema esté en función, siempre, no
sólo del talento de quien lo compone sino, en no menor medida, de la propia
categoría de la mujer que lo inspira. En este caso, de una mujer llamada María
Amparo que, jugando con los distintos estadios morfológicos en la
evolución de sus dos nombres, me llevó a titular de esta guisa los seis
primeros libros de mi colección:
cien
sonetos de ámbar... / cien sonetos al
alba... / cien sonetos de amparo... / cien
sonetos del alma... / cien
sonetos de amor... / cien sonetos de mar
Mis lectores juzgarán objetivamente por
cuanto sigue, no tanto mi estatura
cuanto la de la mujer a la que, sospecho que por espacio de mucho tiempo, he
entronizado como Soberana de la Poesía.
V. Sonetos de ámbar..., sonetos de amparo inicio
Así nació en mí el proyecto de escribir esta
colección de sonetos, a modo de homenaje a todas las mujeres y muy especialmente
a aquella a la que, al poco de conocerla en el verano del año 2000,
dirigí una primera carta redactada en estos premonitorios términos...
Desde
que nos vimos por última vez y me entregaste aquella nota en papel cuadriculado
con tus dos direcciones y teléfono, ese papelito junto con otro escrito por una
de mis hijas también en una hoja de blok, suelen estar sobre el teclado de este
ordenador en las horas que no lo utilizo. Con la finalidad evidente de impedir
que caigan en el olvido.
He
esperado a concluir el libro que estaba escribiendo cuando nos conocimos en el
mes de Agosto, para hacer uso al fin de este billete (así se llamaba antes a
estas notas) que me dejaste con el propósito de que, si lo deseaba, pudiera
viajar hasta ti epistolarmente. Y efectivamente lo deseo, aunque con todas las
cautelas y precauciones del mundo en razón por una parte a la extraordinaria
calidad de mi destinataria y, por otra, a sus circunstancias. Porque si aquélla
me alentaría a prodigarme en toda suerte de manifestaciones de admiración y de
afecto, éstas me recuerdan lo inconveniente y problemático de tales arrebatos
de sinceridad y de espontaneidad.
Me
impresionaste por la forma como paseabas junto al mar y ya no dejaste de
impresionarme desde entonces: por tu sensatez, tu moderación, tu elegancia, tu
discreción, tu pureza... Y esa admiración creció todavía más cuando me hablaste
de tu infancia y de tu juventud, no dejando de descubrirme incluso algunos de
sus capítulos más sensibles e íntimos.
Ahora
no, ya que vivo casi casi retirado de todo y de todos, con la sola salvedad de
mis hijos y de mis lectores, pero durante el resto de mi vida he tratado con
muchas mujeres, las suficientes como para haber podido distinguir y apreciar de
inmediato los valores, verdaderamente insólitos, que se dan en ti y que
convierten en una delicia la relación contigo. Imagino que tú eres más
consciente que nadie de lo alejada que estás de la forma de ser de la mayoría
de las mujeres. Hay que reconocerles a tus padres que el tipo de educación que
te dieron te ha rodeado de un halo de..., creo que la palabra que mejor define
lo que yo he apreciado es
Permíteme,
pues, que ejerza ante ti como aquellos caballeros medievales que rendían
homenaje a la mujer, postrando su vida ante ella aunque negándose, a la vez, la
posibilidad incluso de llegar a verla. Cosa sencilla en este caso dados los
kilómetros que separan Madrid de Santander.
Recibe
todo mi cariño, envuelto en una suave bocanada de brisa de tu mar...
Santander,
Octubre 20, 2000
A esta carta y a una decena escasa de paseos
matutinos a la vera del mar en el mes de Agosto
del año 2001, previos a mi jornada de trabajo, seguiría la composición del
primer poema con el que quise rendir tributo de admiración a la que entonces
era sólo una excelente amiga y asidua lectora de mi página dominical en el
diario Alerta de Santander. Diario
que recibía semanalmente en su domicilio de Madrid. Y si saco a colación aquel breve
poema es porque, aun no tratándose de un soneto, se hallaba en potencia en él
la idea esencial de lo que acabaría siendo un Poemario: componer una
colección de poemas de amor,
dedicados a una mujer cuyo nombre, Amparo,
resulta ser la denominación antigua del amor.
Y como forma previa a ambas, el nombre del ámbar con el que nuestros
antepasados modelaban las figuritas en las que ora representaban a
El ámbar fue, con ventaja incluso sobre
el oro, la materia más apreciada y valorada por nuestros ancestros
prehistóricos. Por eso, y por la razón que acabo de citar, intitulé Cien
sonetos de ámbar a mi primer libro de sonetos, a la vez que
primero de Los estadios del alma. Porque si nuestros antepasados hubieran
querido expresar metafóricamente la altísima valoración que algo les merecía,
no habrían dicho de ello que era áureo
sino... ambarino. Era, pues, absolutamente oportuno y coherente,
titular Cien sonetos de ámbar un libro dedicado a una mujer llamada Amparo.
O, lo que es lo mismo, de ámbar. Que esto es lo que quise
reflejar en el poemita al que hacía referencia hace un instante y que por haber
desempeñado un papel importante en el proceso de gestación de este libro,
reproduzco a continuación...
Exquisita y delicada como él,
y ajena también
a los estragos del tiempo,
así eres tú, Amparo,
como el ámbar
con el que compartes...
el nombre..., la finura...,
la cuna... y la hermosura.
Ya la reacción de entusiasmo de su
destinataria, tras leer esta instantánea poética mientras paseábamos juntos por
El Sardinero, supuso una verdadera
sorpresa para mí. Porque una cosa es que todas las mujeres, sin excepción, se
sientan extraordinariamente halagadas cuando se les dedica un poema... y otra
muy distinta que posean la sensibilidad y la cultura necesarias para poder
valorarlo en su justa medida. Por eso, qué duda cabe que el alto aprecio hecho
por mi buena amiga de los versos con que quise distinguirla, contribuyó
poderosamente tanto a reafirmar el alto concepto que tenía de ella como a
predisponerme favorablemente para la confección ulterior de otros poemas a ella
consagrados.
Como habrá observado el lector, en el
poemita que acabo de reproducir afirmo que Amparo comparte con el ámbar
una misma cuna. Algo que puede sonar a herejía a quienes creen saber algo de la
historia remota de la Humanidad, por ser un lugar común en la historiografía el
situar la cuna del ámbar en los países nórdicos, a orillas del Mar Báltico. Uno más de los infinitos dislates
acuñados por los antiguos historiadores y repetidos, sin pestañear, por todos
sus colegas de la posteridad, cuando lo cierto es que la tierra del ámbar
se hallaba en la desembocadura del río Erydanos o Erudinos, a la sazón uno
de los primitivos nombres -documentado en un ara descubierto a sus orillas- del río al que hoy conocemos con el
nombre de Besaya. Río en cuyos tramos finales está documentada la antigua
y generosa presencia del codiciadísimo ámbar...
Ámbar y amparo son las formas primitivas de
la palabra amor, hija -como tantos otros cientos de términos- de uno de
los más ilustres, antiguos y bellos epítetos de