¿Qué es la Ruta de Occidente?
Madrid, como
capital de España, acapara un sinfín de eventos, congresos y convocatorias a lo
largo del año, amén de ser firme candidata a la organización de unos Juegos Olímpicos... Barcelona, como aspirante a capital
del Mediterráneo, hace lo propio con unos Juegos en su haber y un Forum
2004 en fase de desarrollo... Valencia,
con su faraónica Ciudad de las Artes y de
la Ciencia y toda suerte de iniciativas culturales o mercantiles, compite
con Barcelona en la carrera por alzarse con la hegemonía sobre las capitales
ribereñas del Mediterráneo... Sevilla consiguió
organizar una Exposición Universal
cuyas semillas -unidas al reclamo
permanente del exotismo de su nombre y de su tierra- no cesan de proporcionarle
réditos importantes en lo que a
captación de turismo se refiere... Y Zaragoza,
por su parte, se postula como capital del
Ebro al tiempo que se beneficia, con todo derecho, de la remota erección en
su suelo del templo donde se venera a la Patrona
de España...
Fuera de las ciudades
señaladas y de otras cuya categoría monumental les garantiza una afluencia de
visitantes en incremento constante -como es el caso de Segovia, Toledo, Granada,
Santiago de Compostela y, en menor medida, Burgos, León, Córdoba,
Cáceres, Zamora... -, el turismo
que visita la Península Ibérica se
concentra mayoritariamente en sus costas mediterránea y andaluza, quedando el Norte de España reservado para el
turismo estival castellano. Y fuera de los puntos y áreas mencionados, poco por
no decir nada, salvedad hecha de eventos puntuales como los que hoy se procura
prodigar recurriendo a la fórmula, cada día más agotada, de las Grandes Exposiciones. Fórmula que Castilla y León ha explotado más y
mejor que nadie a través de Las Edades
del Hombre. Tal es, a grandes rasgos, el panorama turístico español. O, si
se prefiere, el ibérico, por cuanto con la salvedad de Lisboa y, en mucha menor medida de Coimbra, la situación de Portugal
no difiere nada de la que ha quedado sucintamente descrita.
¿Es justa y es lógica
esta distribución del turismo en la Península
Ibérica, cuando sus zonas histórica
y monumentalmente más importantes -que se concentran, sobre todo, en su
cuadrante septentrional-, reciben minúsculos contingentes de visitantes a pesar
de su reconocido atractivo paisajístico y de atesorar lo mejor, más valioso y
más antiguo del Patrimonio
Histórico-Artístico ibérico?
A estas premisas responde
el propósito de crear una gran Ruta
turístico-cultural cuyo objetivo a medio y largo plazo es el de equilibrar la actual distribución del
turismo en España y Portugal, logrando atraer contingentes significativos
de visitantes nacionales y extranjeros y contribuyendo de este modo al
resurgimiento y progreso de un gran número de poblaciones cuya enorme importancia
monumental e histórica no se corresponde con la situación de marginamiento y
hasta de postergación en que hoy se encuentran.
Privadas del principal
atractivo que el turismo nacional y extranjero les exige a las zonas en donde
anhela disfrutar de sus vacaciones y huérfanas también de los recursos,
infraestructuras y apoyos políticos de los que gozan las principales ciudades
de España y las áreas en las que se concentra la mayor parte del turismo que
recibimos, resulta obvio que la única vía que a las poblaciones del Norte y Centro de la Península Ibérica les queda para conseguir darse a
conocer, es la de aglutinar sus esfuerzos enlazándose
a través de una gran ruta turística cuya
envergadura, alicientes, enjundia y atractivos sean tales que, por una parte,
consigan suplir el reclamo del sol,
el calor y las playas y, por otra, les permita competir ventajosamente con
todos esos otros focos de atracción turística -tanto nacionales como
extranjeros- cuyos principales y a menudo únicos atractivos son los de poseer
unas abarrotadas playas y un sol garantizado... y generalmente abrasador.
Tales son, en efecto, las
circunstancias que han determinado y propiciado el proyecto de crear el más extenso itinerario
turístico-cultural del continente europeo, tan ambicioso en sus objetivos
como en la envergadura de su trazado. Porque, bautizado con el nombre de Ruta
de Occidente, el nuevo periplo turístico que ahora nace -respaldado hasta el momento por una cuarentena de Municipios señeros
del Norte y Centro de España-, se extiende, a manera de arco, por las áreas montañosas del cuadrante septentrional de la Península Ibérica, sin solución de
continuidad desde Toledo y Cuenca hasta Coimbra, Cáceres y Salamanca, excluyendo las zonas
centrales de la Meseta cuyo
poblamiento es incomparablemente más moderno.
¿No se halla fuera de
toda duda que el olvido de los orígenes de Iberia
y la destrucción de sus raíces históricas sólo puede contribuir a empobrecer
nuestra propia identidad cultural? ¿Y no resulta igualmente obvio que en la
medida en que desenterremos ese
pasado y revitalicemos las áreas
geográficas en las que se configuró la civilización ibérica, estaremos
contribuyendo -al haber jugado la Península
Ibérica un papel determinante en el nacimiento de Europa-, al propio proceso de construcción europea?
El propósito de crear una
gran ruta turístico-cultural que recorra las regiones del Norte y Centro de
España y Portugal data del año 1983
y ha ido madurando desde entonces hasta tomar forma definitiva en el proyecto
que ahora inicia su andadura, ofreciendo una alternativa a las áreas de turismo
masificado y, también, a las Rutas
sumamente especializadas. La creación de rutas
monotemáticas no tiene ningún
sentido, porque sólo aquellas rutas que logren satisfacer las expectativas y
exigencias de un amplísimo espectro de potenciales viajeros, tienen verdadera
razón de ser. Dan testimonio de ellos toda esa legión de pequeñas Rutas que han proliferado por la
geografía europea y que, en su práctica totalidad, no han conseguido atraer y
ser recorridas más allá de por cuatro personas sumamente interesadas en la
parcela de la Cultura o de la Historia que cada una de ellas contempla.
Existen Rutas de los Castillos,
de los Monasterios, del Románico, del Mudéjar, de los Conquistadores...
Existen Rutas, sí, prácticamente de todo, pero la Ruta de
Occidente es otra cosa y en lugar de parcelar
el pasado, apuesta firmemente por la variedad
y por la diversidad. Porque nada
tiene un único color y porque, venturosamente, las tierras en las que se
gestaran la historia de la Península
Ibérica y aun de allende, tienen
todos los colores posibles -tanto
en sentido metafórico como real- y por lo mismo que contemplan desde los verdes
más exuberantes de las tierras del litoral cantábrico, hasta los pardos más
intensos de las comarcas del Alto Duero,
pasando por todas las tonalidades intermedias..., en lo que a la Historia se
refiere, ninguna otra región del planeta
reúne un espectro tan amplio, rico y diverso como el que en ellas puede
encontrarse. En ello radica su riqueza... y su singularidad. Es ello lo que
hace que la Ruta que ahora nace tenga un carácter único que no
puede ni podrá ser nunca emulado, y mucho menos superado, por itinerario alguno
de todo el mundo, creado o por crear.
La Ruta
de Occidente es, pues, un
proyecto estrictamente cultural cuyo
principal objetivo es el de servir al interés general de la sociedad en
múltiples aspectos de los que cabe destacar dos fundamentales: 1) devolver
su antiguo protagonismo a multitud de lugares del Norte y Centro de España y
Portugal hoy injustamente olvidados y marginados a pesar de su
extraordinaria importancia histórica; y 2)
enriquecer culturalmente a la comunidad
internacional al mostrarle una de
las zonas de mayor densidad y riqueza histórico-artística del planeta,
desconocidísima a pesar de ello y que cuenta con hitos como los de Altamira, Puente Viesgo o Atapuerca que la convierten en la única
en el mundo en la que la presencia humana está amplísimamente representada
durante un período ininterrumpido de
un millón de años.
¿Qué región del planeta,
qué itinerario turístico-cultural del resto del mundo puede mostrar al viajero
las huellas incontestables de la presencia humana durante un período
ininterrumpido de un millón de años? Ocioso es decir que ninguna.
Son, pues, muchas rutas o itinerarios distintos los que caben en la Ruta
de Occidente. Tantos como sustratos
tiene la historia de la Humanidad. Lo que convierte a su trazado en una suerte
de compendio o de síntesis de esa Historia, al permitirnos
conocer y recorrer todas las etapas del devenir humano. Y parece importante
insistir en este punto: el cuadrante septentrional de la Península Ibérica posee un privilegio que no se halla al alcance
de ninguna otra región del planeta, al ser la única región en donde podemos rastrear vestigios de la actividad
humana durante el impresionante lapso de tiempo mencionado.
¿Qué otra Ruta, en el contexto de todo el planeta,
puede permitirse el lujo de reunir yacimientos arqueo-antropológicos únicos en el mundo como Atapuerca, Puente Viesgo, Juyo o
Altamira, mostrando las mejores pinturas prehistóricas conocidas (Altamira) , la mayor concentración de Arte
Rupestre (Cantabria), el
yacimiento paleolítico más antiguo y completo del mundo (Puente Viesgo, en Cantabria),
el más remoto santuario prehistórico descubierto hasta el presente (Cueva de Juyo, en Cantabria; 14.000 años) o el mayor conjunto de grabados
rupestres del planeta (Foz Coa, en
Portugal), pasando por las estelas solares de mayores dimensiones
también descubiertas (Valle de Buelna,
Cantabria), los más antiguos monumentos megalíticos, las más remotas urbes
troglodíticas... o todos los estilos artísticos posibles, desde la
Protohistoria hasta nuestros días?
A esa oferta histórico-cultural sin parangón y
sin precedentes se suman, en efecto, monumentos de primerísima magnitud como el
insuperable claustro románico de Santo Domingo
de Silos, las hermosísimas e irrepetibles iglesias prerrománicas
asturianas, las soberbias Catedrales de Burgos,
León, Toledo, Salamanca y Santiago de Compostela y una
impresionante floración de monasterios, de iglesias románicas y hasta de
ciudadelas prerromanas y medievales imposible de superar. A todo lo cual se
añade el hecho de reunir todos aquellos lugares en donde se gestaron los
primeros escritos en lengua romance que han llegado hasta nosotros.
Por todas estas razones y
porque la Ruta de Occidente aspira a ser
la más transitada de todas cuantas existen en el planeta, su trazado contempla todas las manifestaciones, estilos y épocas
distintas del devenir humano, buscando y potenciando la variedad por encima de
todas las cosas y procurando que cada hito de la Ruta provoque la sorpresa y la admiración de los
viajeros, al poner ante ellos vestigios del quehacer humano siempre distintos,
siempre sorprendentes, muchas veces únicos en su género, casi siempre
fascinantes y, en todos los casos, adornados por una gran antigüedad y por una
exquisita belleza.
Apabullar
deleitando es la reacción que la Ruta
de Occidente quiere
provocar en quienes discurran por ella. Con esta filosofía ha sido concebida y
por esta razón recorre los lugares que recorre. Ninguno está por casualidad, ni
gratuitamente, ni por intereses espúreos.
Todos están porque, cada uno en su género, son esenciales y porque la
conjunción de todos ellos configura la más impresionante colección de obras de
arte que jamás se haya reunido o pueda llegar a reunirse en el mundo. Sería
difícil imaginar un proyecto cultural más ilusionante, más beneficioso y con
mayor número de connotaciones positivas en todos los sentidos.
La Ruta
de Occidente aboga, pues, por la universalidad
y fiel al espíritu profundamente conciliador
y aglutinador con que ha sido creada, se aproxima con ello a la posibilidad
de llegar a ser declarada Patrimonio de
la Humanidad. Objetivo este, legítimo e irrenunciable, del nuevo itinerario
turístico-cultural que acaba de nacer.