Jorge Mª Ribero-Meneses

 

Los estadios del alma

 

- Libros I al V -

cien sonetos de ámbar...,

Inscrita en el Registro de la

Propiedad

Intelectual

 

Queda prohibida su reproducción

total o parcial, así como la utilización de

cualquier parte de su contenido,

sin mencionar la fuente.

 

 

Segunda edición: Diciembre 2005

cien sonetos al alba...,

cien sonetos de amparo...,

cien sonetos del alma...,

cien sonetos de amor...,

cien sonetos de mar...,

cien sonetos de umbría...,

cien sonetos de amberno...,

cien sonetos de embrujo...,

cien sonetos en el umbral.

 

Introducción:

O. Dedicatoria

PARNASO DEL SONETO

I.  ¿Por qué poesía?

II.  No existe Poesía sin belleza

III.  Poetas y sonetistas

IV. La protagonista de la historia...

V.  Sonetos de ámbar..., sonetos de amparo

VI. Los Cien sonetos de amor de Neruda

VII. Los 66 sonetos de Lope de Vega a Camila Lucinda

VIII. La sencillez es la esencia de la Poesía

IX. Las primitivas Reinas

X. En conclusión...

Libro 1. Cien sonetos de ámbar...,

Libro 2. Cien sonetos al alba...,

Libro 3. Cien sonetos de amparo...,

Libro 4. Cien sonetos del alma...,

Libro 5. Cien sonetos de amor...,

 

O. Dedicatoria      inicio

 

Los diez libros que configuran esta obra,

 

Los estadios del alma,

 

están todos ellos dedicados a su alma e inspiradora,

 

María Amparo Martín Abella,

 

destinataria de los Mil Sonetos que la integran

 

y Musa más loada de la Historia de la Poesía

 

 

****

 

Venturosamente, todavía existen personas tan profundamente

bellas como tú... y hombres, como yo, capaces de encerrar

en palabras toda esa inmensa belleza.

 

El hecho de tener que vivir nuestro amor distanciados, que no distantes, me obliga a decirte por escrito lo que, si estuviéramos cercanos, te diría con mis palabras y mis actos. Obrar así es infinitamente más ingrato y más sacrificado, pero en cambio, los frutos de nuestro amor -estos Sonetos- no se marchitarán como los actos amorosos por los que ambos tanto suspiramos. Porque esos lances pasan, pero estos versos quedan. Y quedarán para siempre, para deleite de tu corazón cautivo y enamorado y también, de todas aquellas personas sensibles que al leerlos y sentirlos, los hagan suyos.

 

Nuestro dolor, en suma, será caudalosa fuente de amor para los demás.

 

****

Todos los seres humanos tenemos en nuestra idiosincrasia valores y potencias positivos y negativos. El ideal y la clave para alcanzar la madurez y la plenitud, se encuentra en volcar todas las energías que se poseen en un objetivo o empeño noble, constructivo, altruista y bello. En un objetivo ajeno a nuestros propios intereses y a nuestro egoísmo. Cuando así se hace, cuando así se actúa, es cuando el ser humano alcanza las más altas cotas de perfección,  superando sus miserias y legando a sus semejantes una obra o una labor encomiables y provechosas para el conjunto de la sociedad, que trascienden en el tiempo y logran dejar una impronta imborrable, contribuyendo, sin esperar pago o recompensa alguna, a que el mundo sea algo mejor de lo que es.

 

 

La misión biológica y social del hombre

-tanto en la maternidad, como en el logro del placer  sexual, como en la conquista del progreso material,

 en la evolución de la Ciencia, del Arte y del Pensamiento

y en los demás órdenes de la vida- ha sido siempre la de ofrecer su concurso a la mujer, ayudándola a dar los pasos que ella,  por sus condicionantes y por su naturaleza, no puede. Todo esto honra al hombre, al mismo tiempo que resulta bueno, enriquecedor y provechoso para la mujer. Intentar subvertir esta situación, allá donde resulta posible, jamás resultará positivo ni para aquélla ni para aquél.

 

 

PARNASO  [p1] DEL SONETO[p2] 

-Presentación-

 

I.  ¿Por qué poesía?      inicio

 

Pollesía es el verdadero nombre de la Poesía, inédito hasta hoy. Aunque el hecho de que se atribuyera su invención al dios Apollos, permite deducir que fue Apollesía el genuino nombre de esta bellísima arte a la que, sin la menor vacilación alguna, sitúo junto a la Música en la cima misma de todas las Artes.

 

Si nos fuésemos algo más hacia atrás en la historia del nombre de la Poesía o Apollesía, nos encontraríamos con que el dios Apollos era una simple réplica patriarcal de la diosa Apallas, recordada por la Mitología con el nombre de Pallas y virtualmente asimilada a la diosa Athenea. Que, por cierto, tiene de griega lo mismo que yo y que es uno de los innumerables epíteto de la Diosa del Occidente. Es, pues, Apallazía el verdadero nombre de la Poesía, relacionado con el verbo castellano apelar y con los aplecs o encuentros organizados en Cataluña para bailar sardanas. Y antaño, sin duda, también para cantarlas o recitarlas. De Apallazía, también, y por razones obvias, el término apología. ¿Acaso no forma parte el afán por ensalzar y enaltecer de la esencia misma de la apallazía o poesía?

 

Esta diosa Apallazía, epónima de la Poesía, es la misma a la que también se conociera como Apallanzia o Pallanzia. Léase, la diosa hiperbórea que diera nombre a la primera Roma ibérica, denominada primero Balanzia, más tarde Balenzia y, a la postre, Pallantia. Exactamente igual que todos los lugares de la geografía española en los que perviven los nombres de Valencia y de Palencia.

 

Sí, el hecho de saber que la Poesía debía su nombre a la diosa Apallanzia > Apallas > Pallas, resulta revelador para comprender la razón por la que fuera Palatina el verdadero nombre, desconocido hasta hoy, de la lengua romance hablada en el Norte de España y de la que son hijas todas las lenguas que se supone nacidas de la corrupción de la lengua Latina. Lengua que, como vemos, debía su nombre a la propia lengua Palatina hablada a orillas del Cantábrico y de la que fuera hija primogénita la lengua castellana, no en vano conocida hasta el medievo como Román Paladino... Y añado como dato revelador, que los antiguos habitantes de la India, sabían que su lengua procedía de otra, mucho más antigua, a la que recordaban con el nombre de Pali...

 

De donde palique..., palabra..., pelar la hebra o paladar, por el papel crucial que éste desempeña en la articulación y gestación de los sonidos que configuran las palabras...

 

Huelgan los comentarios.

 

 

 

 

II.  No existe Poesía sin belleza      inicio

 

Los estadios del alma tienen como protagonista a la Poesía. Pero no a esa Poesía que hoy se fabrica y a la que, por lo común, no hay forma humana de hincarle el diente, sino a la POESÍA con mayúsculas y merecedora de tal nombre. Que no pretendo decir que sea solamente la que yo escribo, sino la que también han escrito algunos eminentes poetas antiguos y unos pocos, muy pocos, poetas modernos. Porque la obra de la inmensa mayoría de los supuestos poetas de hogaño, está tan plagada de artificios y de conceptos, como huera de ideas, de música y de sensibilidad. Que son los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la verdadera Poesía.

 

La razón que me mueve a difundir una obra consagrada a la verdadera Poesía, no es otra que mi utópico empeño por tratar de recuperar el gusto por la lectura de poesía que tan común ha sido siempre hasta hace pocas décadas y que ha pasado a mejor vida desde que los poetas dejaron de cantarle a la belleza para perderse en mil disquisiciones absurdas y abstractas que no comprenden ni ellos y que hacen de la lectura de las modernas esfrofas poéticas (por llamarles de alguna manera), un verdadero suplicio.

 

La mayoría de los críticos dirán de mis sonetos que están escritos al modo de la poesía barroca. Lo que es cierto..., a la vez que falso. Cierto porque procuro escribir con belleza como lo hacían ellos. Y falso porque existen sensibles diferencias de fondo y hasta de forma entre mi poesía y la cultivada en los siglos precedentes. Tanto por las innovaciones que he introducido como por la sencillez y la fluidez que tan características son en mi lenguaje poético y que tan insólitas resultan en la obra de la inmensa mayoría de los poetas antiguos. Al margen de que yo no escribo al modo de nada sino de la única forma como siento y concibo la Belleza y, en este caso específico, esa hermosísima y sin par composición poética a la que conocemos con el nombre de SONETO. Al margen de que mal podría ser yo un mero calco de los poetas barrocos, cuando de seguir a este paso, voy a escribir más sonetos que todos ellos juntos...

 

Soy de la opinión de que el objetivo de todos los creadores poéticos debería ser exactamente éste: transmitir ideas sencillas u hondas, pero siempre bellas, a través de un lenguaje claro, armonioso y musical.

 

Como en el caso de la Música -de la que algo sé también- en realidad no existen formas, estilos o visiones distintas de la Poesía, sino dos únicos tipos o modalidades: la buena poesía y la subpoesía o pseudo poesía. Y ocioso es decir que la mayor parte de la poesía -como de la Música- que hoy se escribe, pertenece a esta última categoría.

 

La Poesía que no es capaz de crear y de transmitir Belleza, es todo menos tal. Porque ésta fue la razón que indujo a nuestros antepasados a inventar la Poesía y a recrearse en ella y si hoy queremos cultivar algo cuya motivación es radicalmente distinta y hasta opuesta a la que alentase en los primeros poetas, estaremos en nuestro derecho de hacerlo, pero siempre sin utilizar ese sagrado nombre que nos ha legado la historia de la Cultura y que debemos reservar para aquellas creaciones literarias cuyo principal empeño sea exacta y precisamente ése: producir Belleza. Acuñen, pues, un nuevo término los cultivadores de la pseudo poesía y no ensucien una de las pocas cosas que la Humanidad no ha conseguido envilecer, hasta hoy, a lo largo de su dilatadísima historia.

 

Mi objetivo al escribir poesía, no sólo es crear Belleza sino, también, componer música. Sí, porque tengo por principal singularidad y mérito de mi obra poética, el hecho de que en ella la Poesía se hace Música, en la misma medida en que ésta se hace Poesía. Con lo que la Música, omnipresente en mi vida ya desde el momento en que fui alumbrado por una mujer dotada de un extraordinario talento musical, se ha hecho presente en mi obra a través de los versos que aparecen reproducidos en las hojas en papel pautado de mi obra sonetística. Obra que algo le debe también a los inconmensurables Conciertos para piano y orquesta de W. A. Mozart que me han acompañado y apasionado a lo largo de toda mi vida, ya desde mis lejanos 24 años, cuando los descubriera en Bruselas durante mis años de permanencia en esta ciudad como profesor de su Universidad.

 

La musicalidad es la esencia misma del Soneto, ante la cual deben plegarse y subordinarse todos los demás elementos y componentes que intervienen en él. Porque, no en balde, música fueron en su origen todos los sonetos, compuestos primero para ser cantados y bailados, más tarde sólo cantados y, a la postre, sólo recitados, como sucede en el presente. Pero el hecho de que hoy se desconozca su origen, no le exime al poeta del deber inexcusable de preservar y cultivar la verdadera naturaleza del Soneto, procurando dotarle de la melodía que le era consustancial y respetando también la intención con la que esta acabadísima estrofa fuera creada: el enaltecimiento de la Belleza.

 

Santander, primero, y Majadahonda más tarde, en los aledaños de Madrid, vieron nacer este poemario, que más tarde crecería en La Granja de San Ildefonso para acabar madurando definitivamente en Santander. El mar lo acunó en su primera etapa cántabra... y los conciertos de Mozart en la segunda, mesetaria y castellana. Con lo que han ido a fundirse en estas páginas, los cinco elementos que han desempeñado un papel más importante en la historia del género humano y, de forma acentuadísima, en mi propia vida: la mujer, la música, la palabra, la belleza y la mar.

 

Significativamente, todas femeninas.

 

 

 

 

III.  Poetas y Sonetistas      inicio

 

Sin ánimo de jactarme de nada y con el propósito legítimo de ilustrar a mis lectores sobre las características y singularidad de la obra poética que emprendí hace exactamente cuatro años, en el Otoño del año 2001, voy a enumerar algunas de las razones que les confieren un valor especial a los sonetos que vengo componiendo asiduamente y que ojalá consigan transmitir a quienes se acerquen a ellos, por lo menos una mínima parte del caudal de sentimiento que yo pongo en ellos al escribirlos.

 

Las cosas sólo pueden valorarse cuando se conoce el contexto en el que se producen y si no soy yo mismo quien aporta los datos que me dispongo a reproducir, mis lectores carecerían de elementos de juicio para calibrar la importancia que tiene el hecho de que en el lapso de mis primeros seis meses de creación sonetística, salieran de mi pluma 600 sonetos. Y ello, por supuesto, sin que yo haya consagrado nunca mi jornada de trabajo a este menester, ya que la mayoría de esas composiciones se han labrado durante mis caminatas diarias entre 7,45 y 9,15 de la mañana... O mientras desayuno, como o ceno... O antes de entregarme al sueño, cuando termino mi trabajo de investigación y de redacción de mis libros y artículos, alrededor de la media noche... Hasta el punto de que puedo dar fe de que a lo largo de mi primer año de frenética creación poética -Noviembre 2001 > Noviembre 2002-, no me permití ver ni un solo segundo de televisión, viviendo literalmente pegado a los cuadernillos de marca Guerrero (muy coherente) de los que la musa que me ampara tuvo a bien surtirme copiosamente.

 

Efectivamente, mi trabajo de investigación histórica y filológica me acapara todas las horas del día y algunas de la noche, quedando reducido a los momentos señalados el tiempo de que dispongo para permitirme el lujo de escribir poesía. Lujo, digo bien, porque -y lo escribiré en negritas- siempre he tenido por algo inmoral que un intelectual dedique su vida exclusivamente a la Poesía, en vez de consagrar su talento a beneficiar a la sociedad en otros ámbitos mucho más necesarios, como es el caso, sobre todo, de la difusión de la Cultura y del Conocimiento. Por eso confieso sentir escaso respeto por aquellos que sólo han sido poetas y que nada le han legado a la sociedad aparte de un puñado de libros de poemas. Cierto que al menos le han dado esto y que otros nada le ofrecen, pero quienes nada dan es porque la Naturaleza no les ha distinguido con la capacidad necesaria para hacerlo y quienes pudiendo hacer y dar mucho, sólo le obsequian con un puñado de poemas, tengo para mí que o han sido tremendamente mezquinos..., o terriblemente vagos. En la inmensa mayoría de los casos, me inclino a pensar que lo segundo. Porque es muy agradable eso de hacerse un nombre como poeta y vivir toda la vida sin pegar golpe, haciendo creer a los demás que eso de la Poesía es algo extraordinariamente laborioso. Ya ven ustedes lo laborioso que es: en catorce meses escribí más poemas que la mayoría de los poetas en toda su vida, por supuesto de mayor calidad y, encima, en la estrofa más difícil que existe, evitada como si del demonio se tratase por casi todos y cultivada sólo por los más grandes Poetas que ha conocido la Historia de la Literatura. Y además, insisto, lo hice como algo secundario, mientras en ese mismo año escribía cuatro libros de investigación científica y una centena de páginas periodísticas. Amén de revolucionar todo lo relacionado con los orígenes de la lengua castellana y de impartir un montón de conferencias. Y no escribo todo esto para vanagloriarme de nada sino para poner en la más escandalosa de las evidencias la vergonzosa vagancia de la que han hecho gala la inmensa mayoría de los que han pasado a la Historia adornados con la aureola de Poetas...

 

Pero hablemos ya del Soneto y de sus contadísimos cultivadores... dignos de tal nombre. Por definición, el Soneto es una balada o canción de contenido amoroso y origen desconocido aunque presumiblemente muy antiguo. Sabemos que formaban parte del repertorio de los trovadores. Sin duda, la mejor parte, pues la personalidad y solera del Soneto son tales, que puede decirse que configura un auténtico género literario con identidad propia, perfectamente definida.

 

En mi opinión, el Soneto fue modelándose a lo largo de un dilatado proceso de maduración y de perfeccionamiento, que posiblemente se ha desarrollado a lo largo no ya de siglos sino de milenios y a partir de una estrofa inicial que no debió diferir mucho de lo que hoy conocemos como coplillas y cuya función -como sigue siéndolo la de éstas- no era otra que la de rendir tributo y homenaje a las Diosas de la Antigüedad, así como a sus encarnaciones humanas femeninas: las mujeres adoradas por los poetas de todos los tiempos.

 

Poco prodigado debido a su enorme dificultad, Boileau dijo del Soneto que... Lo inventó Apolo para tormento de los poetas. Y tormento ha tenido que ser, en efecto, cuando nadie ha conseguido superar el techo alcanzado por Petrarca, rey incontestable de esta estrofa poética con sus 317 sonetos dedicados, en buena parte, a su amada Laura... Shakespeare, muy a la zaga, nos ha legado 154. Los dedicó a todas las mujeres, parece que numerosas, a las que amó.

 

Entre los poetas más próximos a nosotros, se distinguieron como sonetistas, Victor Hugo, Baudelaire, Verlaine, Jacinto Verdaguer... o Luis Carlos Viada y Lluch, gran sonetista que escribió no pocas estrofas con el fin de ironizar sobre los errores del Diccionario de la Real Academia Española. Que, entre paréntesis, son infinitos y monumentales.

 

En cuanto a los clásicos y entre los españoles, destacaron en el cultivo del Soneto algunos de los nombres más ilustres de nuestra Literatura: Lope de Vega (que escribió más de 200, de los que 117 son amorosos), Gutierre de Cetina (que parece haberle superado, con 247), Góngora (con otras dos centenas) y... Argensola, Cervantes, Quevedo, Garcilasso de la Vega, Arquijo, Villamediana... O Camoens, al que incluyo también en la cumbre del Parnaso ibérico. Nombres todos ellos, éstos y los anteriores, a los que rindo mi más fervoroso y apasionado homenaje de devoción y de admiración.

 

Más allá del hecho de que haya escrito hasta este momento mil trescientos sonetos más que el poeta que más sonetos había escrito en la Historia de la Literatura, el interés de mi colección de, hasta esta fecha, 1620 sonetos + una cifra similar correspondiente a mis obras teatrales, estriba en que la obra sonetística de todos mis predecesores, excepto en el caso de Petrarca, se desarrolló de manera inconexa, como una obra deslabazada carente de vínculos y de un destino común. Lo que no les resta valor alguno a cada uno de esos sonetos, pero sí al conjunto de la obra, al perder su condición de todo unitario y homogéneo. Como la que pueda tener una obra teatral, una novela, un ensayo o cualquier otra manifestación literaria.

 

Un libro de poemas en el que cada uno de éstos baila solo y campa por sus respetos, sin que exista una armonía general que los inspire y oriente y que les otorgue el carácter de obra propiamente dicha, podrá tener todo el valor que se quiera en cada una de sus partes, pero no como obra en sí misma. Que, a mi juicio, debe ser el objetivo por excelencia hacia el que debe tender todo creador. No crear sueltos o creaciones deslabazadas, por brillantes que sean, sino componer (insisto en el término) obras sólidas y bien ensambladas que son, a la postre, las que llegan a adquirir la condición de obras maestras u obras de arte, consiguiendo conmover y enriquecer a quienes se acercan a ellas  y, al propio tiempo y en la misma medida, enriquecerles y sublimarles. Amén de que la composición de obras sueltas, por brillantes que sean, entraña una dificultad y una complejidad infinitamente menores. Son, pues, estas características las que le otorgan a mi colección de sonetos un carácter único en la Historia de la Poesía, al estar formada por una sucesión de composiciones que aparecen nítidamente encadenadas, hasta el punto de configurar un todo armónico, coherente y equilibrado. De tal modo que el conjunto de los, hasta aquí, diez y seis libros de una centena de sonetos cada uno, construye una auténtica historia, dotada de un argumento y de unos protagonistas perfectamente definidos, relatando unos hechos absolutamente fidedignos y ciertos y girando esos avatares en torno a unos escenarios claramente localizados y bien conocidos.

 

Los estadios del alma viene a ser, en suma, una suerte de obra dramática o de relato que cuenta una historia y que, para ello, recurre a la estrofa reina de la Poesía: al SONETO. Contribuye a reforzar esa índole narrativa el hecho de todos y cada uno de los sonetos aparezcan acompañados de una breve reseña que da fe del día, de la hora y del lugar en los que fueron compuestos, pudiendo verificarse este hecho tanto entre las personas que han sido testigos o partícipes de la composición de los sonetos, como en los propios cuadernos -de hoja ni movibles ni intercambiables- en los que aparecen plasmados los originales manuscritos.

 

Por otra parte, considero digno de subrayarse el hecho de que pesar de ser tan crecido el número de sonetos que he compuesto, sean muy escasos aquellos en los que se repite la misma combinación de rimas. No en vano he puesto todo mi empeño en diversificar esas combinaciones hasta lo indecible, aun a costa de tener que afrontar composiciones extraordinariamente arduas, en razón a la minúscula gama de términos a los que podía recurrir. E incluso en muchos casos, esos sonetos pergeñados con rimas complejas, desarrollaban a su vez ideas complejas cuya construcción requiere, por razones obvias, de un vocabulario lo más extenso posible. Porque la belleza y riqueza de un soneto no radica sólo en que exprese una idea bella de la manera más sencilla y fluida posible, sino también en que, utilizando un lenguaje sencillo y perfectamente asequible, no apele a las combinaciones de rimas facilonas y manidas en las que la gran cantidad de vocablos a los que resulta posible recurrir, simplifica enormemente su composición, al tiempo que la empobrece. Porque la riqueza de cualquier creación literaria, particularmente en el caso de la Poesía, va estrechamente vinculada a la riqueza y variedad del vocabulario que utiliza. Y en este sentido y sin desmerecer el ingenio del poeta que lo compuso, el célebre soneto que comienza... No me mueve mi Dios para quererte / el cielo que me tienes prometido..., basa por entero su fluidez en el hecho de que recurre a rimas fáciles. El mérito, pues, de composiciones como ésta, no descansa en su calidad literaria sino en la brillantez de la idea y en la maestría con la que ésta ha sido desarrollada.

 

Posiblemente porque rara vez coinciden en una misma persona la condición de poeta y de crítico literario, no se han valorado lo suficiente aspectos como éstos a los que me vengo refiriendo, pasándose por alto ciertas tentaciones en las que ciertos poetas caen con facilidad, ya sea por evitar las composiciones con rimas complejas (que son justamente aquellas en las que más brilla el ingenio y en las que más elevadas cotas de belleza formal y estética pueden alcanzarse), ya por recurrir a fórmulas manidas y tópicas, ya por dar generosa cabida en sus poemas a nombres de personas o de lugares cuya única función es la de proporcionar al poeta la terminación que necesita para poder rematar un verso de rima ardua. La misma finalidad con la que acostumbran a forzarse toda suerte de comparaciones y de metáforas, geniales a veces, forzadas y burdas casi siempre, cuyo único objeto es el de prestarle al poeta la desinencia que requiere para completar un verso. Léase, "ágil cual corcel", "dulce cual la miel", "como el tierno pajarillo"...

 

 

 

 

IV.  La protagonista de la historia...      inicio

 

Todo comenzó con un soneto, compuesto dentro de una colección de poemas que, a partir de los primeros días del mes de Octubre del año 2001, decidí escribir como homenaje de amor a aquella que anhelaba llegase a ser mi mujer: la santanderina -mezcla de gallega, castellana y cántabra- María Amparo M. Abella. Y aquel soneto, para sorpresa y satisfacción de su autor -que muchos centenares de poemas y algunos sonetos también había escrito con anterioridad- fue acogido por su destinataria con tal explosión de entusiasmo y complacencia, que el tan bien gratificado escritor decidió reincidir en el empeño y dedicarle a su amada algunos sonetos más. Todo esto sucedía en Santander un día 8 de Noviembre y cinco días más tarde, en la madrugada del día 13 y entre las 6 y las 9 de la mañana, fui víctima de una suerte de ataque de sonetismo agudo que se saldó con la composición de tres sonetos más, a los que seguiría un cuarto en la noche de esa misma jornada. Y así empezaron a caer sonetos en los días que siguieron, compuestos todos ellos en las horas iniciales del día con el fin de que no estorbaran la redacción del libro que entonces estaba concluyendo -La Memoria recobrada- y del que acometí inmediatamente después de haber ultimado éste. Hasta que un buen día y ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, decidí imponerme el reto de escribir un centenar de sonetos dedicados a aquella que ya por entonces se había convertido en mi mujer, a pesar de que la distancia que media entre Madrid y Santander seguía interponiéndose entre nosotros.

 

Al igual que los hombres de antaño rastreaban las flores más hermosas y escasas para ofrecérselas a las mujeres que amaban y cuyos favores pretendían... o que los hombres de hogaño procuran deslumbrar a sus enamoradas con costosísimas joyas, viajes disfrutados con lujo oriental o presentes caracterizados siempre por su elevado precio, el mejor obsequio que un poeta puede brindar a la mujer de sus sueños es un libro de poemas. En la medida, naturalmente, en que esa mujer sea capaz de valorar esa ofrenda preciosa. Tanto más valiosa, por supuesto, cuanto mayor sea la calidad, singularidad y cantidad de los poemas que esa colección reúna. Porque todos aquellos presentes que un hombre pueda ofrecer y que pueden obtenerse con dinero, tienen un valor más que relativo, en tanto en cuanto esos dones se hallan al alcance de cualquiera que posea los medios necesarios para adquirirlos. Sin embargo, la singularidad y hasta la excepcionalidad de un libro de poemas lo convierte en el obsequio por antonomasia. Porque es personal e intransferible, porque ha sido creado ex-profeso para la mujer a la que va dirigido y porque, encima, ella es su protagonista absoluta. Hasta el punto de que sin su colaboración, sin el caudal de inspiración y de materia poética que ella aporta al poeta por el mero hecho de existir y de amarle (o, por lo menos, de tolerar su amor), la obra concebida por éste resultaría del todo punto inviable.

 

De cuanto antecede se deduce hasta qué punto es enorme la deuda que tengo contraída con la mujer que supo abrir en mí la válvula de mi pasión, precintada hasta entonces. Porque sin su sensibilidad para recibir y valorar mi obra y sin la admiración que en mí produjeron su belleza interior y exterior, esta obra jamás habría llegado a componerse. Y buena prueba de ello el hecho de que se cuenten por centenares los poemas que he escrito a lo largo de mi vida, siendo todos ellos de una talla, de una estatura incomparablemente inferior a la de los que aquí aparecen reunidos. No debe, pues, valorarse como mera fórmula de cortesía o de galantería mi afirmación de que este libro no habría llegado jamás a ver la luz, si la mujer que lo ha inspirado no hubiera existido... o no hubiera hecho acto de presencia en mi vida, paseando junto al mar a la hora del crepúsculo, en el verano del año 2000. Porque en pocas ocasiones será más cierto aquello de que los poemas los escriben, a partes iguales, los poetas y las mujeres a las que aman. De donde el que la categoría de un poema esté en función, siempre, no sólo del talento de quien lo compone sino, en no menor medida, de la propia categoría de la mujer que lo inspira. En este caso, de una mujer llamada María Amparo que, jugando con los distintos estadios morfológicos en la evolución de sus dos nombres, me llevó a titular de esta guisa los seis primeros libros de mi colección:

 

cien sonetos de ámbar... / cien sonetos al alba... / cien sonetos de amparo...  /  cien sonetos del alma...  /  cien sonetos de amor... /  cien sonetos de mar

 

Mis lectores juzgarán objetivamente por cuanto sigue, no tanto mi estatura cuanto la de la mujer a la que, sospecho que por espacio de mucho tiempo, he entronizado como Soberana de la Poesía.

 

 

 

 

V.  Sonetos de ámbar..., sonetos de amparo      inicio

 

Así nació en mí el proyecto de escribir esta colección de sonetos, a modo de homenaje a todas las mujeres y muy especialmente a aquella a la que, al poco de conocerla en el verano del año 2000, dirigí una primera carta redactada en estos premonitorios términos...

 

Desde que nos vimos por última vez y me entregaste aquella nota en papel cuadriculado con tus dos direcciones y teléfono, ese papelito junto con otro escrito por una de mis hijas también en una hoja de blok, suelen estar sobre el teclado de este ordenador en las horas que no lo utilizo. Con la finalidad evidente de impedir que caigan en el olvido.

 

He esperado a concluir el libro que estaba escribiendo cuando nos conocimos en el mes de Agosto, para hacer uso al fin de este billete (así se llamaba antes a estas notas) que me dejaste con el propósito de que, si lo deseaba, pudiera viajar hasta ti epistolarmente. Y efectivamente lo deseo, aunque con todas las cautelas y precauciones del mundo en razón por una parte a la extraordinaria calidad de mi destinataria y, por otra, a sus circunstancias. Porque si aquélla me alentaría a prodigarme en toda suerte de manifestaciones de admiración y de afecto, éstas me recuerdan lo inconveniente y problemático de tales arrebatos de sinceridad y de espontaneidad.

 

Me impresionaste por la forma como paseabas junto al mar y ya no dejaste de impresionarme desde entonces: por tu sensatez, tu moderación, tu elegancia, tu discreción, tu pureza... Y esa admiración creció todavía más cuando me hablaste de tu infancia y de tu juventud, no dejando de descubrirme incluso algunos de sus capítulos más sensibles e íntimos.

 

Ahora no, ya que vivo casi casi retirado de todo y de todos, con la sola salvedad de mis hijos y de mis lectores, pero durante el resto de mi vida he tratado con muchas mujeres, las suficientes como para haber podido distinguir y apreciar de inmediato los valores, verdaderamente insólitos, que se dan en ti y que convierten en una delicia la relación contigo. Imagino que tú eres más consciente que nadie de lo alejada que estás de la forma de ser de la mayoría de las mujeres. Hay que reconocerles a tus padres que el tipo de educación que te dieron te ha rodeado de un halo de..., creo que la palabra que mejor define lo que yo he apreciado es la pureza. La sensación que yo he tenido de ti es la de que eres una mujer incontaminada por la vida. Es decir que aunque la vida te haya zarandeado como a todos, conservas íntegra toda la belleza interior que fue modelándose en tu espíritu a lo largo de todos aquellos años de recluimiento (prefiero este término al de reclusión, que tiene connotaciones distintas). Es esa belleza de tu alma la que te distingue del común de los mortales y la que me ha impresionado al conocerte, poniéndome en guardia ante la segura posibilidad de quedar absolutamente prendado de ese sublime paisaje interior tuyo que tan nada en común tiene con el los demás seres humanos, sea cual sea su sexo. Lo propio es, pues, que mi prendamiento (y subsiguiente prendimiento...), se produzca con todas las distancias que hacen al caso. Distancias que en cualquier caso no han de impedirme manifestarte pensamientos y sentimientos semejantes a los que acabo de exponerte, en futuras cartas que en la medida de mis nulas disponibilidades de tiempo prometo escribirte.

 

Permíteme, pues, que ejerza ante ti como aquellos caballeros medievales que rendían homenaje a la mujer, postrando su vida ante ella aunque negándose, a la vez, la posibilidad incluso de llegar a verla. Cosa sencilla en este caso dados los kilómetros que separan Madrid de Santander.

 

Recibe todo mi cariño, envuelto en una suave bocanada de brisa de tu mar...

 

Santander, Octubre 20, 2000

 

A esta carta y a una decena escasa de paseos matutinos a la vera del mar en el mes de Agosto del año 2001, previos a mi jornada de trabajo, seguiría la composición del primer poema con el que quise rendir tributo de admiración a la que entonces era sólo una excelente amiga y asidua lectora de mi página dominical en el diario Alerta de Santander. Diario que recibía semanalmente en su domicilio de Madrid. Y si saco a colación aquel breve poema es porque, aun no tratándose de un soneto, se hallaba en potencia en él la idea esencial de lo que acabaría siendo un Poemario: componer una colección de poemas de amor, dedicados a una mujer cuyo nombre, Amparo, resulta ser la denominación antigua del amor. Y como forma previa a ambas, el nombre del ámbar con el que nuestros antepasados modelaban las figuritas en las que ora representaban a la Diosa Madre, a la Diosa del Amor, ora reproducían los animales que a ella estaban consagrados. Por eso el ámbar ostenta el ilustrísimo nombre que ostenta y que permite que, merced a esta resina, podamos conocer el antiguo nombre del amor del que ámbar es su forma fosilizada.

 

El ámbar fue, con ventaja incluso sobre el oro, la materia más apreciada y valorada por nuestros ancestros prehistóricos. Por eso, y por la razón que acabo de citar, intitulé Cien sonetos de ámbar a mi primer libro de sonetos, a la vez que primero de Los estadios del alma. Porque si nuestros antepasados hubieran querido expresar metafóricamente la altísima valoración que algo les merecía, no habrían dicho de ello que era áureo sino... ambarino. Era, pues, absolutamente oportuno y coherente, titular Cien sonetos de ámbar un libro dedicado a una mujer llamada Amparo. O, lo que es lo mismo, de ámbar. Que esto es lo que quise reflejar en el poemita al que hacía referencia hace un instante y que por haber desempeñado un papel importante en el proceso de gestación de este libro, reproduzco a continuación...

 

Exquisita y delicada como él,

y ajena también

a los estragos del tiempo,

así eres tú, Amparo,

como el ámbar

con el que compartes...

el nombre..., la finura...,

la cuna... y la hermosura.

 

Ya la reacción de entusiasmo de su destinataria, tras leer esta instantánea poética mientras paseábamos juntos por El Sardinero, supuso una verdadera sorpresa para mí. Porque una cosa es que todas las mujeres, sin excepción, se sientan extraordinariamente halagadas cuando se les dedica un poema... y otra muy distinta que posean la sensibilidad y la cultura necesarias para poder valorarlo en su justa medida. Por eso, qué duda cabe que el alto aprecio hecho por mi buena amiga de los versos con que quise distinguirla, contribuyó poderosamente tanto a reafirmar el alto concepto que tenía de ella como a predisponerme favorablemente para la confección ulterior de otros poemas a ella consagrados.

 

Como habrá observado el lector, en el poemita que acabo de reproducir afirmo que Amparo comparte con el ámbar una misma cuna. Algo que puede sonar a herejía a quienes creen saber algo de la historia remota de la Humanidad, por ser un lugar común en la historiografía el situar la cuna del ámbar en los países nórdicos, a orillas del Mar Báltico. Uno más de los infinitos dislates acuñados por los antiguos historiadores y repetidos, sin pestañear, por todos sus colegas de la posteridad, cuando lo cierto es que la tierra del ámbar se hallaba en la desembocadura del río Erydanos o Erudinos, a la sazón uno de los primitivos nombres -documentado en un ara descubierto a sus orillas- del río al que hoy conocemos con el nombre de Besaya. Río en cuyos tramos finales está documentada la antigua y generosa presencia del codiciadísimo ámbar...

 

Ámbar y amparo son las formas primitivas de la palabra amor, hija -como tantos otros cientos de términos- de uno de los más ilustres, antiguos y bellos epítetos de la Diosa Albarnia = Albaria = Albania = Ambaria, reconocida y venerada como Madre de la Humanidad y a la que deben su nombre millares de lugares de todo el planeta, empezando por el más antiguo de todos ellos: la Península de Albarnia o Albaria, conocida a la postre con el nombre de Iberia.

 

Sonetos de ámbar o de amparo equivale, pues, a Sonetos de amor. Y, mucho más atrás en su evolución semántica, a Sonetos al alba, en el sentido originario de este término como albor o florecer de la luz y de la vida. También podría traducirse como