Escrito dirigido a la Directora General de RTVE. Su destinataria, haciendo gala de una categoría que la honra, ha atendido mi sugerencia de que se le concediera una carrera discográfica a la joven cantante que motivó la redacción de estas líneas. Gracias, señora Caffarel.

 

 

 

Doña Carmen Caffarel Serra

Directora General de RTVE

Edificio Prado del Rey

 

Santander, Septiembre 30, 2005

 

 

Mi distinguida amiga:

 

Aunque le remito el libro recién publicado en el que desvelo los hasta hoy desconocidos orígenes de la Medicina, la razón de mi escrito no tiene nada que ver con ello. Por desgracia, hace tiempo que no hay espacio en la Televisión de nuestro país para ocuparse de asuntos tan fascinantes y, lamentablemente, tan minoritarios.

 

He querido obsequiarle este libro con el fin de que pueda identificarme y de que preste la mayor atención posible al asunto que deseo plantearla, en mi condición de fundador, hace ya cerca de treinta años, de las primeras Orquestas Juveniles de nuestro país: la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE) y la Joven Orquesta de Cámara de España. Tras luchar por la Música durante varios años, retorné a mis lides literarias y de investigación histórica, lo que no es óbice para que siga interesándome por cuanto se relaciona con la educación musical y con la búsqueda de jóvenes talentos que merezcan respaldo y aliento.

 

En ese contexto y por segunda y prometo que última vez, he seguido con interés el concurso Gente de Primera, en su primera edición que acaba de llegar a su fin. Antes, hace dos años, fui asiduo de la última edición de Operación Triunfo en TVE, tan brillantemente conducida por Carlos Lozano (creo no equivocarme de nombre, porque estoy harto alejado del mundo televisivo). También la presentación de Esther Arroyo (?) en Gente de Primera me ha parecido acertadísima.

 

Si he seguido ese concurso hasta el pasado sábado, ha sido principalmente porque me ha sorprendido la presencia en él de una jovencita, Verónicas Rojas, que constituye una auténtica rara avis y posee unas aptitudes, una finura y un talento que resultan absolutamente excepcionales y para los que me resultaría difícil hallar un paralelo si buceo en las honduras de mis recién cumplidos sesenta años de vida. Desde la primera canción que la escuché, tuve perfectamente claro que esta chica no sólo se merecía ganar ese concurso sino contar con toda la ayuda necesaria para desarrollar su talento y convertirse en un imprescindible punto de referencia para la mediocridad general y la falta de personalidad que tan consustanciales son al ámbito de la canción, tanto entre los jóvenes como entre los adultos. Todos se copian unos a otros y es insólito encontrarse con alguien que no sólo es original sino que, además, posee un enorme talento.

 

A lo largo del desarrollo del concurso remití sendos correos electrónicos a TVE, porque vislumbraba ya en lontananza lo que al final ha sucedido: que se le iba a robar el concurso a Verónica Rojas, para brindárselo a otra buena chica, Yanira Figueroa, que merece todo mi respeto y simpatía pero que es una más de los millares de niñas españolas que quieren ser cantantes pero que no poseen voz para ello. Es decir, que carecen de la herramienta fundamental para hacer viable su legítima aspiración. Obviamente, el rasgo que les define a todas ellas es que, en ausencia de voz, gritan. Gritan y gesticulan mucho para suplir con teatralidad lo que no pueden alcanzar con musicalidad.

 

La mayoría de las canciones que se le hacían cantar a Verónica eran canciones desconocidas y difíciles, en las que cuesta entrar y que difícilmente producen entusiasmo hasta que no se han escuchado en varias ocasiones. Lo que, a la postre, se apreciaba en las votaciones. Por el contrario, cuando se trataba de canciones que sonaban y con más gancho, esta chica a la que, por cierto, ni conozco ni sé nada de ella, se situaba con facilidad a la cabeza del palmarés. Protesté por esto y protesté también el día en que interpretó, al fin, una canción preciosa..., pero que quedó malograda porque el pianista tapó literalmente su voz y se arrancó, además, con unas variaciones aberrantes que destrozaban por completo la armonía.

 

Mi segunda protesta se produjo cuando un jurado de gente absolutamente mediocre y sin categoría musical ninguna, en el que la persona de más talla era Ramoncín, mostrándose absolutamente insensible hacia Verónica y, por el contrario, muy inclinado hacia Yanira, le dieron a ésta una canción para que pudiera lucirse en la final (palabras textuales), en tanto que le impusieron a aquélla la mejor canción que se podía haber buscado para que no pudiera lucirse y perdiera irremisiblemente el concurso que en tan buena lid había ganado ya. Una canción desconocida y extraña, absolutamente inadecuada para la final de un concurso musical, en el que los cantantes se lo juegan todo a una sola baza. Lo que obliga a recurrir a canciones que, aun no siendo las mejores posibles, sean bien conocidas y del agrado de todos. Cuando el impresentable responsable del comité que juzgaba las canciones, le dijo a Verónica que debía cantar Lía, supe al instante que Yanira sería la vencedora. Y lo tuve tan claro que hasta pensé mover Roma con Santiago para evitar ese atropello y que se hundiera a una artista que posee unas condiciones excepcionales, en beneficio de otra que no le aporta absolutamente nada a la Música y que no tiene ningún futuro, por muchos millones que se gasten en promocionarla. Por desgracia, la cantidad de trabajo que tengo me impidió movilizar a Bertín Osborne y al Ayuntamiento de San Roque, población en la que vive Verónica. Y del e-mail que envié a TVE nadie hizo ni caso. Porque si Verónica hubiera cantado Luna de miel, que era la otra canción que presentó, habría ganado sin la menor duda.

 

Señora Caffarel, la suplico a usted que haga algo para enmendar la terrible injusticia que se ha cometido con esa chica, por culpa de un comité de expertos que se ha cargado todo su esfuerzo de varios meses. Es inconcebible que cuando se está jugando el futuro de unos jóvenes a los que, seguramente, no se les volverá a presentar una oportunidad semejante, se conceda la última palabra a músicos de la talla de Las Supremas de Móstoles o de una tal María Jiménez (creo que así se llamaba) que, por cierto, tuvo la desvergüenza de desmerecer el trabajo de Verónica, cuando esta chiquita de 17 años tiene algo así como cien mil veces más talento que la experta en cuestión. ¿Cómo se puede poner de jueces, a quienes no poseen otra acreditación que la de su fama y su popularidad y el hecho de salir muchas veces por televisión?

 

Quienes organizan esos concursos deberían ser conscientes de que, si cometen algún error en su trabajo, no van a ser ellos sino los pobres chicos que concursan quienes los sufran. Y algunos, seguramente, durante todas sus vidas. No se puede jugar así con los demás, con esa ligereza y con esa impunidad.

 

He prometido no volver a ver sus concursos musicales (huelga decir que jamás he visto los de otras cadenas cuyo nivel, empezando por los presentadores, es para llorar). Porque no quiero ser testigo y en buena medida cómplice de cómo se cometen injusticias del calibre de la que acaba de perpetrarse en esa pobre chica que, aunque lo supo disimular con enorme dignidad, quedó literalmente destrozada al ver que su amiga Yanira se había alzado con el triunfo. Porque por muy cría que sea, ella debe ser tan consciente como yo y como millares de españoles, que talentos como ella son escasísimos y que su encantadora contrincante, carece de lo más elemental para ser cantante. Lo que quiere decir que el daño es doble. Por hundir a quien vale y por entronizar a quien no lo merece, haciéndole creer lo que luego la vida le demostrará, durísimamente, que era falso.

 

Hay mil fórmulas para arreglar el entuerto. Una de ellas, ofrecerle a Verónica Rojas otra carrera discográfica en atención a su trayectoria a lo largo del concurso y al monumental disgusto que el pasado sábado sufrimos todas las decenas de miles de españoles que hemos votado, calurosamente, a esta chica, semana tras semana.

 

Ahora sí, ya sin prisa y con la constancia en la que he adquirido justificada fama, voy a procurar por todos los medios que las cosas no queden como quedaron el sábado pasado. Pero antes de dar paso alguno, he querido escribirla a usted y rogarle, simplemente, que haga justicia y que enmiende la insensatez que cometió el equipo de Gente de Primera, al permitir que Verónica fuera a la final con la peor de las canciones posibles. Y no digo con ello que la canción no tuviera valores, pero jamás para una ocasión semejante. Porque cualquiera que tenga dos dedos de frente y un mínimo de cultura musical, sabe que cualquier cantante u orquesta pone al público en pie si  interpreta lo que es conocido y familiar, mientras que ese mismo público se queda gélido ante otro tema que, aun siendo incomparablemente mejor, es desconocido. Y si esto lo sabe hasta el más tonto, ¿cómo se ha permitido a ese comité sentenciar el concurso ya dos semanas antes de la final?

 

Jamás lo entenderé, pero hay tantas cosas que no entiendo en esta España culturalmente paupérrima en la que hoy vivimos...

 

Me consta que usted no tiene culpa alguna de lo que ha sucedido. Por eso recurro a usted, saliendo en defensa de alguien a quien ni conozco ni conoceré seguramente en mi vida. Porque sólo me mueve ese propósito: que se haga justicia y, además, que no se haga daño a quien no se lo merece. Y ya para concluir, otra súplica: ¿por qué se ha hecho desaparecer del mapa a los ganadores de la última edición de Operación Triunfo? Porque mientras soportamos a algunos de sus compañeros de otras ediciones, a Vicente, a Miguel, a Davinia y a Ramón se les ha tragado la tierra. Es obvio que algo ha sucedido, pero vuelve a ser una pena que chicos tan majos como ellos y con un nivel notable, hayan pasado, en cuatro días, de la cumbre de la gloria, a los abismos del anonimato. Lo que le acabará pasando, pero en este caso con fundamento, a la pobre Yanira Figueroa. Si yo fuera su madre, no estaría tan feliz. Le han hecho ustedes un flaquísimo favor. Como en su día se lo hicieron a Ramón, cuando estaba mucho menos hecho que sus otros tres compañeros. Y todo por el dislate de decidir el resultado de estos concursos en una única votación. Ya sé que eso genera una avalancha de mensajes y llamadas para votar, pero entiendo que por encima de estas consideraciones debe de estar, siempre, el deseo de que prevalezca la justicia y de que gane el mejor. Cosa que con ese método, rara vez sucede.

 

Reciba todo mi respeto y mi afecto. Muchas gracias, señora Caffarel.

 

 

 

Jorge Mª Ribero-Meneses

Presidente Fundación de Occidente